El sorprendente viaje de las manos del Che Guevara

El sorprendente viaje de las manos del Che Guevara

El sorprendente viaje de las manos del Che Guevara
Los miembros del revolucionario fueron amputados para probar su defunción y, posteriormente recorrieron medio mundo antes de regresar a Cuba.

8 de octubre de 1967. El guerrillero cubano-argentino Ernesto «Che» Guevara, guiado hasta Bolivia por aquellos ideales de justicia social que le convirtieron en el icono mundial de la rebeldía, cae preso después de que algunos campesinos de la región de la Higuera revelaran su posición.


Gravemente herido y con evidentes signos de malnutrición, su sentencia de muerte quedaría sellada al programar el estado mayor boliviano la ejecución para el día siguiente.


Minutos antes de perpetrarse el asesinato, el Che pronuncia una frase que quedaría para el recuerdo, al comprobar el nerviosismo del sargento al que se le había encomendado su fusilamiento: «Dispara, cobarde: sólo vas a matar a un hombre». Esas palabras serían la carta de despedida del revolucionario.


No obstante, a la par que se cerraba el último capítulo de su apasionante vida, se iniciaba un singular episodio muy poco conocido: el viaje de las manos de este querido mito de la subversión por medio mundo.


Para dejar constancia de la muerte del dirigente comunista y como prueba de la misma, el comandante en jefe de la armada Alfredo Ovao ordenó cercenar sus miembros durante la madrugada del 10 de octubre. Así, mientras los restos mortales del argentino era enviados a Buenos Aires para proceder a la pertinente identificación, sus manos amputadas caían en poder del ministro de gobierno Antonio Arguedas, quien las mantuvo largo tiempo escondidas bajo su cama en formol para evitar el deterioro.


El cargo ministerial, que guardaba ocultas simpatías hacia proceso socialista cubano, se jugó la talla política al intentar hacer llegar al país de las Antillas los diarios que el Che escribió durante la guerrilla.
 

Sin embargo, fue finalmente descubierto por la cruenta dictadura del general Barrientos, ante lo cual solicitó ayuda a gente de su círculo de confianza para sacar las manos de Guevara del país y hacerlas llegar a la República de Cuba cuanto antes.
La misión le fue encomendada a dos militantes disidentes del Partido Comunista de Bolivia, Jorge Sattori y Juan Coronel, quienes tras haber conocido las implicaciones de su organización en la muerte del Comandante, iniciaron una desvinculación paulatina de esta así como su solitario periplo para entregar los despojos del difunto.


Conociendo el cerco establecido por los servicios secretos norteamericanos sobre el acceso a Cuba desde México –el camino más sencillo–, el dúo decidió volar hasta Moscú y desde allí, viajar despreocupadamente hacia la Habana.


No obstante, los bolivianos antes tendrían que pasar ingentes calamidades en su tránsito a través de Ecuador, Perú o Venezuela, países en los que fueron vigilados muy de cerca por sus respectivos regímenes militares.


Finalmente, Sattori y Coronel alcanzarían las tierras del viejo continente y allí trazarían su recorrido hasta la Rusia soviética a través de Madrid, París y Budapest.


Desde Europa del este, el tándem puso rumbo a Moscú, donde coincidirían con personalidades como Dolores Ibarruri o Santiago Carrillo.


Una vez en la Unión Soviética y a petición de la embajada cubana, las manos debían ser entregadas a uno de los funcionarios allí afincados, de modo que tras muchos esfuerzos, la aventura finalizó el 6 de enero de 1970, con la entrega de las manos de Ernesto Guevara a Fidel Castro.


Apenas unas semanas más tardes, el líder de la Revolución Cubana agradecería públicamente su labor a «aquellos anónimos amigos que pusieron en riesgo sus vidas para que estos sagrados despojos reposen en suelo de Cuba».
Desde ese entonces, las manos del Che Guevara reposan ocultas en algún lugar secreto del país caribeño.

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