Buster Keaton: el payaso triste del cine mudo

La trayectoria fílmica del artista norteamericano, aún con sus altos y bajos, fue reconocida por la Academia con un Oscar honorífico en 1960.

Genio precoz del vodevil, intrépido artista circense o genial maestro del slapstick son solo algunas de los apodos por las cuales era conocido Buster Keaton (Kansas, 1895), de cuyo nacimiento se ha cumplido recientemente 125 años.


La vida de este apasionante cómico, coetáneo de otras estrellas de signo semejante como Charles Chaplin o Harold Lloyd pareció haber sido tocada por el hada de la farándula desde el mismo momento en que llegó al mundo:
Con apenas 4 años de edad, ya realizaba increíbles números acrobáticos junto a sus padres Joe y Myra como telonero del mismísimo escapista Henry Houdini.


Fue precisamente el ilusionista quien, tras presenciar una de las espectaculares caídas de Joseph Keaton –nombre de nacimiento del artista– exclamó sus célebres palabras « ¡Menudo castañazo! », buster por su traducción al inglés.


Tras abandonar el techo familiar allá por 1917, con tan sólo 22 años Keaton decidió enrolarse en la naciente industria cinematográfica y debutar como secundario en las producciones de Rocoe Arbuckle, compañero de profesión que le dotó de los conocimientos necesarios para embarcarse posteriormente en la dirección y escritura de gags.


De manos de su colaboración con Joe Schenk llegaría el Buster Keaton Studio, que le abriría todo un mundo de posibilidades al por fin ostentar el control de todo el proceso creativo de sus cortos.


«Pamplinas» o «Carapalo» –nombres por los que también se conoce a Keaton en nuestra tierra– protagonizará casi una veintena de cortos en esta época entre los que se destaca The playhouse (1921) o La casa eléctrica (1922).
 

Durante la primera mitad de los 20 también incursionará en el formato largometraje con su obra El maquinista de la general (1926), obra más importante del cineasta que, sin embargo no contó con el beneplácito comercial dada su extensa duración y su ritmo frenético de la cinta.


Por el contrario, serían películas como El moderno Sherlock Holmes (1924), mediometraje de apenas 45 minutos las que más beneficios le reportarían.


Sin embargo, el telón estaba a punto de caer para Keaton, quien tras arriesgarse firmando un contrato con la Metro Goldwyn Meyer y posteriormente Columbia Pictures, vería su fama fenecer a la par que el propio cine mudo.

 

Perdida su autonomía autoral y viéndose relegado a la escritura de sketches para algunos filmes de los hermanos Marx, el brillo de Keaton se iría apagando durante los años subsiguientes.


No obstante, con la ayuda de sus amigos Billy Wilder y Charles Chaplin, quienes le proporcionaron papeles de cierta importancia en y El crepúsculo de los dioses respectivamente (1950) y Candilejas (1952), vio su fama resurgir de entre las cenizas.


Ello, sumado a la labor divulgadora que la publicación sobre cine Cahiers du Cinema realizó de su persona y la canonización a la que le sometió la Academia entregándole un Oscar honorífico, permiten recordar a las nuevas generaciones de artistas los aportes al Séptimo Arte y al mundo de la comedia en particular de esta figura de rostro triste pero que tantas carcajadas sonsacó.